Los Magos de la Guerra

9 07 2014

Acaba de salir a la venta el nuevo libro de Óscar Herradón, Los Magos de la Guerra. Ocultismo y Espionaje en el Tercer Reich, editado por Libros Cúpula (Planeta).

Los magos de la guerra





Nazis en busca de la Atlántida

23 11 2011

Una de las mayores obsesiones de algunos líderes nazis, principalmente de Heinrich Himmler, fue hallar pruebas de la existencia de un continente o una isla perdida que corroborara la delirante teoría de que la raza aria tenía un origen divino que la convertía en superior al resto de los mortales. 

1 de julio de 1935. Cinco eruditos alemanes se reúnen con Heinrich Himmler en un espacioso despacho del cuartel general de la Orden Negra, en la Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín. Aquellos cinco estudiosos representaban a Walter Darré, dirigente de la Oficina de Raza y Reasentamiento (RuSHA) y entonces Ministro de Alimentación y Agricultura del Reich, cuyas ideas paganistas tenían en el líder de las SSa un auténtico devoto.

El Reichsführer Heinrich Himmler.

El Reichsführer ya había levantado en Wewelsburg, en Westfalia, el centro espiritual y místico de su Orden, pero ahora pretendía crear un instituto de investigación que recuperase, como digo, las huellas del pasado “glorioso” de Alemania, recordando con nostalgia sus años de infancia en compañía de su padre, Gebhard Himmler, buscando monedas y objetos antiguos en yacimientos arqueológicos de la vieja Baviera.

Darré compartía su entusiasmo en la creación de dicho centro (precisamente su importante cargo al frente del Ministerio de Agricultura haría que pudiese desviar importantes fondos para sus proyectos) y a la siniestra y hasta relativamente poco tiempo secreta reunión, había sido invitado otro extraño personaje: Herman Wirth, uno de los prehistoriadores más célebres de toda Alemania cuyas heterodoxas teorías comulgaban a la perfección con las ideas extravagantes de Himmler.

Tras varias horas de intenso y apasionado debate, aquellos hombres decidieron fundar la Ahnenerbe; Wirth sería su presidente y el Reichsführer asumiría el cargo de superintendente y el control del Consejo de Administración. Su objetivo aparente: “fomentar la ciencia de la antigua historia intelectual”. Su verdadero objetivo: la creación de mitos que apoyasen los postulados del nacionalsocialismo y finalmente el exterminio en pos del fortalecimiento y expansión de la “nación aria”.

Himmler convirtió al instituto en parte integrante de la Orden Negra y a finales del otoño de 1935 la Ahnenerbe ya poseía su propia sede en una lujosa villa sita en uno de los barrios más ricos de Berlín, y sus oficinas en una de las calles más antiguas de la parte histórica de la ciudad, la Brüderstrasse (ocupaba los números 29 y 30), calle que se remontaba al siglo XIII. Pronto el instituto tendría sus propias bibliotecas, talleres y museos –algunos, como verá más adelante el lector, grotescos- y Himmler lo dotaría de amplios fondos para la investigación en el extranjero. El discreto líder SS, siempre a la sombra del Führer, llevaba tiempo queriendo hacerse notar y amén que lo estaba consiguiendo.

Emblema de la Ahnenerbe creada por Himmler.

Sabemos que éste, junto a otros nazis como Darré o Rosenberg, llevaba tiempo buscando un sistema de creencias que ocupara el lugar del cristianismo y el protestantismo en el Tercer Reich. Para potenciar una nueva religión de tintes paganos, los investigadores de la Ahnenerbe debían descubrir todos los vestigios que pudieran sobre las tribus germánicas y sus antepasados arios (descubrirlos o inventarlos, que de ambas cosas hubo). Las tribus de Germania apenas habían dejado constancia en soporte escrito de sus ancestrales creencias y prácticas sagradas y ya vimos que la obra de Tácito sobre este pueblo dejaba mucho que desear, siendo escrita sin un contacto directo con aquellos “bárbaros”. Ni qué decir tiene que los “descubrimientos” de personajes como Linz, Liebenfels o Sebottendorff, de los que Himmler era sin duda admirador, influyeron poderosamente en los miembros de la Ahnenerbe. La principal labor del instituto –al menos antes del estallido de la guerra-, sería “encontrar nuevas fuentes de información”.

Herman Wirth, el intelectual que cautivó al Reichsführer

El hombre al que Himmler encargó en un principio la dirección de su instituto era uno de los más controvertidos prehistoriadores y folcloristas del Tercer Reich. Enormemente culto –aunque imbuido de creencias muy discutibles–, afable y entregado a la causa de la Ahnenerbe, sería el primero de sus miembros que organizaría una gran expedición fuera de las fronteras de Alemania bajo los auspicios de la Orden Negra. En 1928 éste había fundado la Herman Wirth Gesellschaft o “Sociedad Herman Wirth”, antecedente directo de la futura “Herencia Ancestral Alemana”.

Aunque no existe unanimidad entre los investigadores sobre cuándo se conocieron por vez primera éste y el Reichsführer, la fecha más probable es la de mediados de 1934, apenas un año antes de la fundación de la organización “científica”; se especula que Himmler vio por primera vez al historiador en casa del matrimonio formado por Johann y Gesine von Leers, apasionados nazis y entusiastas de la pureza racial. Mientras que Johann era uno de los más célebres ideólogos y propagandistas del NSDAP (más tarde serviría en el Departamento de Información alemán en Egipto, durante el gobierno de Nasser, cuando se convertiría al Islam), y autor del exitoso libro antisemita Los judíos te vigilan, su esposa, Gesine, era una apasionada del ocultismo y se creía la reencarnación de una antigua sacerdotisa alemana, amiga íntima de Wirth y de Karl Maria Wiligut.

Herman Wirth, primer presidente de la Sociedad Herencia Ancestral Alemana.

Era demasiado habitual que Himmler se codease con este tipo de gente, por lo que no puede extrañar al lector a estas alturas que finalmente diese forma a una organización cuasi mística como era la Orden Negra. No obstante, parece ser que el líder nazi estaba al tanto de las investigaciones y conferencias del erudito desde mucho tiempo antes.

Una vez al mando de la Ahnenerbe, Herman Wirth, bajo su vetusto bigote y su extrema delgadez, parecía un hombre de otra época, un personaje que se había equivocado de tiempo y lugar. Medía sólo metro sesenta, pero era rubio y de ojos azules, lo que cautivó a Himmler. A sus 50 años –edad que tenía en 1935- estaba plenamente convencido de que se hallaba a punto de realizar, según la periodista Heather Pringle, un descubrimiento que sería trascendental para la historia alemana. Sus peculiares y poco ortodoxas teorías sobre el pasado (que décadas después influirían a estudiosos “heterodoxos” como Thor Heyerdahl o Erich Von Däniken), recogidas en su monumental obra La Aurora de la Humanidad, publicada en 1928, le habían granjeado no pocas críticas de sus colegas de profesión, aunque también los elogios de los grupos völkisch y nacionalistas, tan dados al pasado heróico.

Experto en escritura y símbolos antiguos –precisamente su departamento dentro de la Ahnenerbe se conocería como Instituto para el Estudio de la Escritura y de los Símbolos-, conocía el sánscrito a la perfección y varias lenguas muertas y había realizado tesis sobre las máscaras funerarias de los yupik, esquimales de Alaska y sobre el significado funerario de los antiguos dólmenes de Irlanda; a estas alturas de su carrera creía haber descubierto una antigua escritura sagrada que habría sido nada menos que inventada por una civilización nórdica cuyos vestigios se perdían en el Atlántico Norte hace miles de años; la escritura más antigua del mundo, que evidentemente para aquellos peculiares eruditos no podía ser sino aria.

La Atlántida: continente perdido, tierra prometida

Muy influido por el mito de la Atlántida, creía que su primordial escritura había sido precisamente inventada por los atlantes, los primeros nórdicos. El caso es que fuera o no fuera una escritura relacionada con el esquivo continente perdido, lo cierto es que el profesor estaba convencido de que sería capaz de descifrarla, desentrañando de esa manera los misterios “de la ancestral religión aria” que traían de cabeza a las SS.

Grabado que representa a la Atlántida. La búsqueda del continente perdido obsesionó a algunos nazis.

En La Aurora de la Humanidad el erudito catalogaba y analizaba millares de símbolos rúnicos de diversas culturas del norte de Europa. Se inspiró en Alfred Wegener, padre de la deriva continental, ideó una nueva teoría pseudocientífica, la de la “deriva polar”, según la cual el polo helado habría sido la cuna de los pueblos arios del norte; para comprobarlo, la Ahnenerbe enviaría diversas expediciones a las tierras más septentrionales, alguna de ellas encabezada por el propio Wirth. Siguiendo su investigación, los polos a la deriva y los continentes errantes acabaron con esa “raza ártica” perfecta, aunque algunos de sus miembros se habrían refugiado en remotos lugares aislados como la Atlántida, que tantos ríos de tinta ha hecho correr a lo largo de los siglos y que en la actualidad sigue acaparando la atención de investigadores de toda índole.

Tanto Wirth como Himmler, al igual que Rosenberg, estaban convencidos de que la Atlántida era un continente real, cuna de los antiguos arios, y que aún existían vestigios del mismo en el océano Atlántico, donde la raza nórdica habría evolucionado hace unos dos millones de años. El continente perdido de Wirth había ocupado en su momento de esplendor un territorio que se extendería desde Islandia hasta las Azores; asimismo, creía firmemente que en 1935 sólo algunos fragmentos del mismo permanecían a flote tras milenios de fuerte actividad tectónica: las españolas Islas Canarias, que también fueron centro de la investigación de los guardias negros, y las islas de Cabo Verde.

Alfred Rosenberg, ideólogo del Reich y férreo creyente en los mitos de la Atlántida como cuna de los arios.

Fue el filósofo griego Platón el primero en hablar de la Atlántida en sus diálogos Timeo y Critias, según él, una gigantesca isla de gran riqueza situada frente a las Columnas de Hércules (Gibraltar). Los atlantes, seres aparentemente dotados con poderes sobrenaturales, sus “puros” habitantes, tenían la intención de dominar el mundo –como los propios nazis- pero al parecer fueron vencidos por los atenienses hace 9.000 años, antes de que un gran cataclismo (quizá el Diluvio Universal del que habla la Biblia y que aparece una y otra vez en todas las culturas, bajo diferentes nombres) se tragara la isla, aunque quedando algún fragmento a flote durante milenios.

La teoría de Herman Wirth, no obstante, no era totalmente original; el erudito había bebido de fuentes anteriores e incluso de los ariosofistas como Guido von List o Lanz von Liebenfels, que creía que la última Thule era precisamente la Atlántida. En el siglo XVII, según narra Rosa Sala Rose en su Diccionario de Mitos y Símbolos del Nazismo, el historiador y científico sueco Olof Rudbeck había emplazado la esquiva Atlántida en Escandinavia en su obra Atlantica (manía ésta muy extendida entre los investigadores, la de situar en su tierra natal los lugares de poder y las tierras míticas de las que hablan las fuentes históricas y mitológicas). Según éste, precisamente en Escandinavia habría florecido la cultura más antigua de la humanidad, algo que sostuvieron más tarde muchos ideólogos nazis al relacionar a los arios con los nórdicos. Y, ni corto ni perezoso, afirmaba sin contemplaciones que nada menos que el sueco era la lengua hablado por Adán en el Paraíso.

Después, sería la ocultista rusa Madame Blavatsky, fundadora en 1875 de la Sociedad Teosófica, quien reavivaría el mito en La doctrina secreta (1888), al dividir la historia del hombre en siete grandes ciclos marcados por el ascenso y la caída de siete grandes razas. La cuarta de éstas, que ella consideraba antecesora de la raza aria, era la de los atlantes, gigantes con grandes poderes psíquicos que poseerían una tecnología superior obtenida a través del denominado “Fohat”, “energía cósmica” o luz primordial –término tomado del hinduismo-, quienes, tras la desaparición de su célebre continente, habían dado origen a la raza aria -la quinta-.

La ocultista rusa Madame Blavatsky.

El ariosofista Guido von List, que tanto influyó en la concepción del mundo de Hitler y de Himmler, en La escritura ideográfica de los ariogermanos, escrita en 1910, consideraba a los atlantes los descendientes del gigante Bergelmir, la versión nórdica del mito bíblico de Noé, recogida por el poeta, historiador y jurista islandés Snorri Sturluson en los Eddas, en el siglo XIII, textos que cautivaron la imaginación de un joven Himmler.

El periodista austríaco Guido von List, que también teorizó sobre la relación entre la Atlántida y los arios.

Pero las atrevidas y poco fiables teorías de Von List no se quedaban ahí; en otra obra publicada en 1914, El protolenguaje de ariogermanos, afirmaba nada menos que los megalitos prehistóricos de la Baja Austria demostraban la pervivencia en pleno continente europeo de una “isla” que habría formado parte en tiempos antiguos de la Atlántida; el mismo Wirth insistía en destacar el carácter sagrado de estas construcciones de piedra. Estaba convencido de la existencia de una antigua religión vinculada a las tumbas megalíticas que se habría desarrollado en las Edades de Piedra y de Bronce y cuyas principales figuras religiosas serían la madre tierra, y una especie de mesías redentor, hijo del cielo. Lanz von Liebenfels, por su parte, consideraba que los “sobrehumanos” atlantes fueron los primeros ancestros de la actual raza aria y ubicaba el continente perdido en el norte del océano Atlántico, teoría que haría suya Wirth.

Según Rosa Sala Rose, la tergiversación del mito ofrecía numerosos atractivos para la asimilación ideológica nazi, pues por una parte ofrecía a éstos “la posibilidad de ubicar histórica y geográficamente el origen de la raza aria en un universo legendario y ennoblecido por la tradición (…). Por otra, permitía elevar a una dimensión cuasi-religiosa el peligro de la mezcla de razas, otro de los dogmas fundamentales del nazismo”, ya que el declive de los atlantes y de la raza aria –creían- había venido precisamente por mezclarse con “razas inferiores” y esta creencia alentaba por tanto la idea de regresar a la perfección perdida por medio de la eugenesia y la depuración racial.

Ninguno de los mitos avalados por el nazismo ni estudiados por la Ahnenerbe fue ni mucho menos inocente. La tergiversación y manipulación de los mismos sirvió a los nazis para justificar muchos de sus actos más crueles, y esto lo sabían cínicamente Himmler y todos aquellos “científicos” que trabajaron bajo su mando.

Himmler creía que la teoría de la Cosmogonía Glacial de Hans Hörbiger y sus grandes cataclismos, avalaba la suposición de que la Atlántida habría poseído una gran cultura antes de su caída tras una gran catástrofe cósmica (de la que serían vestigios las visiones apocalípticas citadas de la Biblia y los Eddas). El mismo Rosenberg señalaría la posibilidad de que la Atlántida hubiera sido un centro cultural nórdico, patria de una raza primigenia creadora de una gran cultura ubicada en lugares “en los que hoy se agitan las olas del océano Atlántico y que son atravesados por gigantescas montañas de hielo”, en clara sintonía con las teorías de Hörbiger por una parte y de los ariosofistas por otra.

Hans Hörbiger

Además, Rosenberg creía que Islandia podía ser un vestigio del continente perdido –relacionado con la isla de Thule–, y el mismo Herman Wirth, protagonista de este capítulo, buscaría la denominada tierra nórdica de Adland –la Atlántida de los griegos– precisamente al sudoeste de Islandia, a pesar de que todos los indicios científicos desmentían tan enrevesadas hipótesis.

Sin embargo, Heinrich Himmler –al igual que el propagandista völkisch Heinrich Pudor–, tenía preferencia por la isla alemana de Helgoland, situada al sudeste del Mar del Norte, a la hora de ubicar el mítico continente perdido platónico –para él la Atlántida, claro, no podía ser sino alemana–, y enviaría a miembros de su Ahnenerbe al lugar con la intención de que realizaran mediciones topográficas y buscaran fuentes curativas, como le pediría a otros expedicionarios enviados a otros recónditos lugares, obseso como era de las terapias alternativas –no olvidemos que era un notorio hipocondríaco– que en él adquirirían connotaciones nada inocentes.

Himmler seguía las teorías sobre Helgoland del pastor luterano Jürgen Spanuth. Éste, poderosamente atraído por las tradiciones populares del lugar, postuló que en el territorio isleño de Jutlandia quedaban vestigios de un antiguo culto solar y que Helgoland era la capital de los atlantes, que se había sumergido tras la subida del mar a causa del deshielo. Según afirmaba, la zona conocida por los pesadores locales como fondo rocoso coincidiría con el antiguo emplazamiento de los palacios y edificios, y el fondo no serían sino vestigios de sus ruinas. Otros estudiosos, muy admirados por los nazis, apuntaban que Helgoland era el principal lugar de culto del dios noruego Forseti -o Posites-, al que varios arqueólogos vinculan con el dios griego de los mares, Poseidón.

La isla alemana de Helgoland, en el mar del Norte, que Himmler creía podía tratarse de un resto de la Atlántida.

Camino de las fuentes primigenias

Al igual que los futuros nazis, en 1920 Wirth, desencantado por la derrota e la Gran Guerra, también estaba plenamente convencido de que la civilización occidental se hallaba al borde del colapso. Sólo mirando al pasado –pensaba– podrían los alemanes volver a forjar un futuro esperanzador.

¿Y dónde creyó Wirth haber encontrado esa escritura sagrada que, descifrada de forma correcta, serviría para sentar nada menos que las bases de una nueva y poderosa Alemania? Pues no muy lejos de la tierra que lo vio nacer, en la provincia de Frisia, en la costa septentrional de los Países Bajos. El estudioso, que buscaba con ahínco todo aquello que pudiera entrañar algún significado oculto, creyó descubrir los vestigios de un antiguo jeroglífico septentrional disimulado en unas pequeñas esculturas populares de madera, de gran antigüedad, que estaban talladas con diversas formas, tallas que decoraban el hastial de muchas granjas frisonas –de por sí el pueblo frisón era un pueblo lleno de misterio desde tiempos romanos–.

El presidente de la Ahnenerbecreía que el significado de ese “antiguo sistema de escritura ario” se había perdido con el tiempo, un sistema que, como apunté anteriormente, creía origen de todos los alfabetos conocidos, desafiando con dichos postulados a toda la comunidad científica en general y a los lingüistas en particular, quienes en la década de 1930 situaban los vestigios más antiguos de escritura en el antiguo Egipto y en Mesopotamia.

Fue el filósofo griego Platón el primero en hablar del continente perdido en sus Diálogos "Timeo" y "Critias".

Aún así, Wirth siguió en sus trece, autoconvenciéndose y convenciendo a Himmler a su vez de la antigüedad del alfabeto redescubierto. También los conocimientos geológicos de Herman para hallar esa “Atlántida” perdida dejaban mucho que desear y obviaban algunos de los últimos descubrimientos de la época sobre el fondo oceánico que sin duda habrían echado por tierra sus descabelladas teorías.

Su objetivo se hallaba en el Ártico, lo que creía que antiguamente había sido “un maravilloso y mágico jardín”. A pesar de su edad, se sentía preparado para ponerse en marcha en busca de su continente perdido y de la primera escritura de los arios primigenios.

Como otros investigadores alemanes nacionalistas, Wirth estaba convencido de los remotos orígenes septentrionales de la raza nórdica. En tierras árticas, donde la luz del Sol apenas hacía acto de presencia durante los meses de invierno, los nórdicos habían considerado –al menos así lo creía– al sol como una divinidad celeste. Para señalar las fechas de sus festividades religiosas y el movimiento del Sol a lo largo del horizonte, Wirth pensaba que los pueblos del norte habían diseñaron ideogramas que después evolucionarían hasta un completo sistema de escritura. Aquel alfabeto perdido en la noche de los tiempos esperaba a un intrépido que lo reencontrara y le devolviera su antiguo esplendor.

Al igual que Himmler, Wirth se sentía poderosamente atraído por la parapsicología. Rodeado de su propio grupo de fieles seguidores desde 1925 -cuando se afilió al Partido Nazi-, promulgaba su propia forma de vida sana entre sus “discípulos”, rechazando la carne y el tabaco y elogiando la vida en el campo frente al bullicio de la gran ciudad, al igual que harían organizaciones como la Liga de los Artamanes y más tarde las Juventudes Hitlerianas.

Un grupo de las Juventudes Hitlerianas saludando a su jefe supremo.

En ocasiones, cuando invitaba a sus jóvenes alumnos a cenar a su casa, su esposa, Margarethe Schmitt (que acostumbraba a aparecer en dichas veladas ataviada como una dama medieval) solía permanecer en silencio, mientras el profesor afirmaba que leía sus pensamientos a través de la telepatía. Ante la estupefacción de los presentes, Wirth también sostenía que su esposa poseía dotes de clarividencia.

Teniendo en cuenta que Himmler creía poder entrar en comunicación psíquica con el emperador medieval Enrique I, del que se creía reencarnado, y que su principal consejero en asuntos místicos hasta finales de los años treinta, Karl Maria Wiligut, decía comunicarse con los ancestros de Alemania, la Ahnenerbe no podía contar con un respaldo absoluto de la comunidad científica. Sin embargo, Heinrich Himmler ya era por aquel entonces el personaje más poderoso del Reichdespués de Hitler, y nadie podía llevarle la contraria, al menos abiertamente.

La isla sueca de Böhuslan, a donde viajó una expedición nazi comandada por Herman Wirth.

En otoño de 1935, el académico viajó junto a otro oficial de las SS, Wilhelm Kottenrodt, hasta la remota región de Bohuslän –Bausa-, en la costa oeste de Suecia. En aquel remoto lugar se hallaban imponentes esculturas de la Edad de Bronce. Durante su viaje por la zona y otras regiones del país, tomaron muestras de escayola de esas asombrosas esculturas, entre ellas el molde de una antigua esvástica.

En febrero de 1936 Herman, que recientemente había sido nombrado Untersturmführer de las SS, intentaba convencer a Himmler de la necesidad de regresar a la región para recabar más pruebas de sus estrambóticas teorías, esta vez en un viaje financiado por la Ahnenerbe. Éste le autorizó a que organizara y se pusiese a la cabeza de una expedición a Escandinavia que partiría en julio de 1936. Sería la primera expedición oficial de la Ahnenerbe en busca de los orígenes míticos de la raza aria.

Un siniestro personaje al frente del Instituto

Como director de la Ahnenerbe, Heinrich Himmler colocó a un tal Wolfram von Sievers, un hombre joven de 31 años, fuerte complexión, gran altura y una mirada hipnotizadora, penetrante, incapaz de ocultar su innata maldad; de extraordinario talento para la organización y meticuloso como su jefe, en la primavera de 1936 se puso a organizar con Wirth, todavía presidente –y del que Sievers había sido secretario desde 1932– la incipiente expedición a tierras escandinavas.

Sievers se había decantado por los estudios de la teoría racial, el folclore y la historia germánica, además del examen de los rasgos de los enemigos oficiales del partido nazi, “los judíos, Roma y los jesuitas, los masones y los bolcheviques”, como él mismo escribía en octubre de 1935 en su correspondencia personal. En 1929 se unió al NSDAP y fue considerado como “el primer espécimen nórdico”. En 1933 fue aceptado en las SS y en su examen de reconocimiento médico un oficial de la RuSHA anotó “es deseable la procreación”.

Sievers sería el encargado de la organización de la primera expedición del misterioso instituto. La Sociedad Alemana para la Preservación y el Fomento de la Investigación, comandada por un nazi apasionado, el doctor Johannus Stark, otorgó a Herman Wirth 8.000 marcos del Reich; el resto de la expedición sería financiada por el propio las SS. Reunido ya el equipo, el propio Wirth, un cámara de la Orden Negra, Helmut Bousset y otras cinco personas –entre ellas el escultor Wilhelm Kottenrodt–, partieron hacia las lejanas tierras nórdicas.

Wolfram von Sievers con uniforme de las SS.

Las órdenes del Reichsführer fueron tajantes; como no quería problemas internacionales que dañaran la imagen de su recién creada institución, ordenó que no se hiciera ostentación de la esvástica ni se trataran temas políticos con desconocidos, que no bebieran ni fumaran en horas de servicio y que se gastaran los fondos con moderación.

Durante su viaje por tierras boreales, la expedición sacó gran cantidad de moldes de yeso de esculturas y tallas en distintos yacimientos y regiones. Aquel fue un periplo tan fascinante como agotador a través de fiordos, escarpados y peligrosos acantilados, espesos bosques… trasladando moldes que en ocasiones alcanzaban los tres metros de longitud y pesaban más de 100 kilos.

En septiembre ya habían tomado 55 grandes moldes y el presidente de la Ahnenerbe enviaba un informe a Himmler desde el campo base con palabras tan entusiastas y pretenciosas como las siguientes, el 4 de septiembre de 1936: “Será una colección que no tiene parangón ni jamás lo tendrá. Cualquiera que desee estudiar la raza nórdica en relación con el arte rupestre tendrá que venir a Alemania, a la Deutsches Ahenerbe, puesto que sólo allí se reunirán sus principales monumentos (…)”.

Después, partieron hacia la costa occidental de Noruega, rumbo a la pequeña isla Rodoya, a sólo unos cientos de kilómetros del Círculo Polar Ártico, donde se hallaba un desconcertante relieve al que calculaban unos 4.000 años de antigüedad, no lejos del lugar donde el erudito creía que se hallarían los vestigios de los primeros arios.

Un cambio en el rumbo de los acontecimientos

Mientras la expedición aún se encontraba en Noruega, el propio Adolf Hitler hizo una declaración pública en la que condenaba la verborrea mitológica de Wirth y la actitud del comerciante Ludwig Roselius para con éste, que le había construido la espectacular sala de conferencias en la Böttcherstrasse. El Führer no toleraba demasiado bien, como todo megalómano, que sus súbditos elogiaran a otro que no fuera a él mismo, a pesar del gran poder que aunarían personajes como Göering, Goebbels o el propio Himmler a lo largo de los años que duró el régimen.

Durante el impactante mitin del Partido celebrado en Nuremberg en septiembre de 1936, en un apasionado discurso sobre la cultura alemana, Hitler cargó las tintas en un determinado momento contra estos dos  personajes: “Nosotros no tenemos nada que ver con esos elementos que sólo entienden el nacionalsocialismo en términos de habladurías  y sagas, y que, en consecuencia, lo confunden demasiado fácilmente con vagas frases nórdicas y que ahora están iniciando su investigación basándose en motivos de un mística cultura atlante. El nacionalsocialismo desprecia claramente esa cultura de la Bötterstrasse”. Más claro, agua.

Mitin del NSDAP en Núremberg.

Walter Wüst, nuevo lugarteniente de la Ahnenerbe

A pesar de que Himmler continuaría con sus investigaciones, no podía obviar las palabras de Hitler respecto a Wirth, hecho por el que podían peligrar incluso sus propias investigaciones. Así que no le quedó más remedio que cesarle en el cargo antes de que regresara de Noruega. A su vuelta, estupefacto, Wirth supo que el nuevo presidente de la Ahnenerbe era el doctor Walter Wüst, quien había trabajado como informador y espía para el Servicio de Seguridad de las SSy que ocupó oficialmente el nuevo cargo el 1 de febrero de 1937.

Walter Wüst

Wirth no encontró pruebas definitivas sobre la “existencia” de un continente perdido o un alfabeto ario ancestral, pero otras expediciones se preparaban para hallar pruebas que demostraran al Reichsführer su teoría sobre la divinidad de la raza aria –ver recuadro-, tomada sin duda de los postulados de los ariosofistas como Lanz von Liebenfels. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, de la que Hitler culpaba a los judíos siendo el auténtico responsable de la misma –que sin duda deseaba desde la derrota alemana en la Gran Guerra-, muchas de las expediciones programadas por la Ahnenerbe tuvieron que cancelarse –ver recuadro- y Heinrich Himmler, el “mago negro” del Tercer Reich, hubo de enfocar sus esfuerzos a la maquinaria bélica, aunque sin olvidar hasta la caída del “Reich de los Mil Años” sus obsesiones místicas y su pasión por la arqueología y la pseudociencia.

Finalmente no lograría ver cumplido su sueño. En los estertores de la conflagración, ingirió una cápsula de cianuro ya estando en manos de los aliados. El principal responsable junto al Führer del Holocausto, el policía más temible del siglo XX, había burlado al verdugo. Fue su última victoria.

Expediciones en busca de los vestigios de la Atlántida

Tíbet. Ernst Schäfer y varios expertos de la Ahnenerbe, entre ellos el antropólogo Bruno Beger, viajaron a los bastiones helados del Himalaya siguiendo órdenes de Himmler en busca, una vez más, de vestigios de los antiguos señores arios. La expedición, que pretendía demostrar también teorías como la del Hielo Cósmico de Hörbiger o la Tierra Hueca, que fascinó a aventureros como Ossendowski o Röerich, logró penetrar en Lhasa, visitando el palacio de Potala y realizar también tareas de espionaje al servicio del Reich. Beger realizó mediciones craneales de numerosos tibetanos y tomaron máscaras de yeso de sus rostros, ya que el antropólogo estaba convencido de que los nobles tibetanos eran los últimos señores arios, a los que llamó európidos.

Desde principios del siglo XIV se había difundido en Alemania la creencia de que las razas arias se habían expandido desde Asia Central, probablemente desde el Tíbet. El profesor que inculcó a Beger su fanatismo fue Hans F. K. Rassengünther, para quien el noroeste de Europa era la cuna de los nórdicos. Como en el mito de la Atlántida que cautivó a Wirth, los nórdicos de los que hablaba se habían llevado con ellos la ciencia de la construcción y un sofisticado sistema social, dejando a su paso dólmenes y círculos de piedra en distintos lugares del mundo. Para el profesor de Bruno, en la India habían compuesto los Vedas hindúes.

En su camino los arios más débiles habían cedido a la tentación y se habían fusionado con las razas inferiores, derrumbándose el gran imperio nórdico. En los Vedas, afirmaban, resuena el lamento por esa inmoral mezcla de razas, al igual que en el sistema de castas. De aquella “contaminación” de la sangre el profesor culpaba al budismo, como lo haría también Schäfer. Los guardias negros debían comprobar sobre el terreno las teorías sobre los atlantes y los arios postuladas por la ocultista rusa Madame Blavatsky.

Ernst Schäfer, líder de la expedición nazi al Tíbet.

Viajes frustrados:Varias ambiciosas expediciones de la “Sociedad Herencia Ancestral” se vieron canceladas por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El estudioso Edmund Kiss pretendía viajar hasta Tiahuanaco, en Bolivia, para comprobar sobre el terreno la Teoría del Hielo Cósmico de Hörbiger y su relación con la repentina desaparición de la Atlántida –Kiss creía que precisamente en el altiplano boliviano se podrían hallar vestigios del continente perdido–; el viaje, patrocinado por Himmler, sería finalmente suspendido.

Junto a esta, fueron canceladas la expedición de Otto Huth a las Islas Canarias, que algunos nazis, como éste y Herman Wirth, creían restos meridionales de la Atlántida, y la programada por el doctor Bruno Schweizer a Islandia con la intención de recopilar su folclore, antiguas danzas, creencias y supersticiones y reunir semillas para después plantar en el nuevo Reich.

Extracto del libro La Orden Negra, el ejército pagano del Tercer Reich, de Óscar Herradón, publicado en 2011 por la editorial EDAF.

La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich.

Para adquirir ejemplares:

http://www.edaf.net/es/libro.asp?producto=1845





ENIGMAS 191, ¡YA A LA VENTA!

6 10 2011

ENIGMAS Nº 191

Reportajes del Mes:

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El segundo hombre más siniestro y poderoso del Tercer Reich, Heinrich Himmler, viajó a España en una visita oficial que serviría también a sus fines ocultos y a sus obsesiones, entre ellas, la búsqueda del Santo Grial.

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Anjikuni, la desaparición de un pueblo

Ya han pasado 80 años desde que este pueblo esquimal desapareció de manera misteriosa y fulminante. Esta es… su extraña historia.

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